martes, 14 de abril de 2009

Día 8: ''Descubriendo el parque del sur y su observatorio astronómico''

Hoy tanto Pelayo y Raquel como Miguel tuvimos día libre, así que decidimos dormir la mañana (para no perder la costumbre). Desayunamos sobre las 12, nuestro Nesquik cargado habitual y unas galletas de chocolate aceptables. Pelayo se tomó sus cereales del LIDL y Raquel sus mueslis para ''ir bien'' (como José Coronado).

Esperamos un par de horas y poco más para seguir llenando el ''buche'' con las delicatessen que el LIDL nos ofrece para hacer en el microondas de la habitación. Pelayo se decantó por las exquisitas hamburguesas de 75 céntimos mientras que Miguel se conformó con las clásicas sin queso de 45.

Después de la imprescencidble siesta ''finlandiesa'' nos levantamos sobre las 16:30 y fuimos a por Raquel, que esta vez solo tardó 15 minutos en acabar de prepararse. Salimos, pues, del hotel a coger el tranvía 1A. La mayoría quería ir a pie para ''conocer la ciudad'' pero Miguel metió la presión suficiente para decantarse por el ecológico y siempre eficiente transporte público finés (http://www.hkl.fi/).

Nos bajamos en una parada cercana al muelle más allá del mercado de comida del puerto (para que Lana y Baltasar se orienten) y seguimos la ruta que nos marcaba la costa hasta llegar al susodicho ''parque del sur''. Le pusimos ese nombre porque es simplemente la zona verde más al sur de la ciudad a la que puedes llegar sin necesidad de coger un barco (hay multitud de islillas alrededor de toda la costa de Helsinki).

El parque era precioso: mucho verde, algo de nieve residual del sábado y muchos viandantes locales. En el centro del parque había un observatorio astronómico que Raquel definió como ''palomar'': apenas levantaba dos palmos del suelo y no tenía ni telescopio ni instrumento óptico alguno más allá de la mirilla de la puerta.

En este parque sacamos infinidad de fotos (los 3 llevábamos la cámara) pues nos dejamos llevar por las sendas del parque y su belleza. Un pequeño puente comunicaba el parque con una isla cercana, que a su vez estaba unida a otra más pequeña con un puente de aún más reducidas dimensiones. Miguel insistió en seguir de isla en isla en busca de un puente final que nos llevara de nuevo al parque, pero fue imposible: tuvimos que dar la vuelta cuando casi podíamos tocar la otra orilla, con la correspondiente frustración que esto conlleva... Miguel tardará en recuperarse de los ''kilómetros extra'' (apenas 300m). En una de éstas que nos acercamos a la orilla a Pelayo le dio por rescatar de las gélidas aguas del Mar Báltico un trozo de hielo con una forma que le resultó irresistible, así que lo llevó a la mesa donde estábamos apoyados para que admiráramos su forma (ver foto, desenfocada por el enfoque automático de la réflex).

De la que íbamos hacia la salida del parque un hombre con una cámara sólo definible como ''pepinazo'' nos vio sacando fotos y nos recomendó ir a la isla de Suomelinna (un barco-bus te lleva con la tarjeta mensual del HKL). Se lo agradecimos y de la que se iba comentamos el tamaño del instrumento de ese hombre.
Poco después, casi ya en la parada del tranvía de vuelta, otro hombre, esta vez creemos que Helsinkinés, nos comenzó a hablar en español al ver que nosotros también lo hacíamos. Nos dijo que él había estudiado en Madrid y que allí había aprendido a chapurrear español. Una vez más nos sorprendió lo abierta y amable que es la población local con los extranjeros que visitan su ciudad, teniendo en cuenta que Baltasar nos advirtió en repetidas ocasiones que los fineses son bastante ''fríos''.


Sin más volvimos al hotel en tranvía con otra combinación porque la línea en la que vinimos no opera después de las 19:30h y nos acomodamos en nuestras respectivas habitaciones. Una vez más, un día más perfecto en la ciudad del hielo.

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